La hora de la templanza


Todos, y digo todos, hemos cometido errores en la última legislatura. Podemos hablar ahora de lista más votada, de ilegalizaciones, podemos hablar de menosprecio al adversario, podemos acusar a los demás del fraccionamiento con el que hemos ido a estas elecciones, e incluso de la oportunidad o no de algunas políticas y algunos políticos. Y es una reflexión que tendremos que hacer, pero ha de ser desde la tranquilidad y la mesura, y desde la reformulación de nuestro proyecto para el país.

Dicen quienes aspiran, por primera vez, a sacar al nacionalismo del gobierno vasco que treinta años son muchos, que hace falta aire nuevo y renovación, y probablemente eso sea en lo único en que tienen razón y sea lo único que no están en condiciones de proporcionar a este pueblo.

En treinta años hemos hecho muchas cosas, algunas muy bien y otras fatal, hemos empezado a “ver” país, a construirlo, pero por el camino nos hemos dejado un montón de cosas importantes, cosas superfluas quisimos creer, pero que son la esencia de este pueblo.

Nos olvidamos que frente al bienestar generalizado, paralelamente a la construcción de nuestra nación y desde la seguridad que nos garantizaba el control de las instituciones no hemos sido capaces de acabar con la lacra y la sangría que supone la existencia de ETA, nos olvidamos que nuestros vecinos, nuestros parientes, nuestros amigos y nuestros conciudadanos eran acosados por una banda fascista que ha acabado pasándonos factura a todos, quizás no valía solo la condena sino la acción directa de gobierno.

Olvidamos nuestra propia esencia y nuestra herencia sociopolítica para jugar en un campo y con unas reglas que no eran las nuestras y que poco a poco nos han ido alejando de nuestro propio país, y lo que es peor validando esquemas políticos, instituciones, formas de hacer y actuaciones que poco o nada tienen que ver con Euskadi.

Asistimos al fraccionamiento de nuestra herramienta de construir el país, que entre personalismos y diferencias de criterio más buscadas que reales, desmembró lo que líderes mucho más enteros nos habían legado en circunstancias mucho más difíciles. Nos olvidamos de Irujo, de Ajuriagerra o de Aguirre para ponernos en manos de algunos oportunistas de ocasión sin visión de país, confundimos estadistas con burócratas, y encima fuimos capaces de laminar políticamente a quienes quisieron recuperar su estilo y el espacio jeltzale..

Y olvidamos Navarra, y olvidando Navarra, olvidamos Euskadi…

Nos pudieron las prisas por construir la CAV y construirla a nuestra imagen y semejanza ignorando que la meta era Euskadi.

Posiblemente algunas de las cosas por las que protestamos airadamente estos días, hubieran podido evitar lo que estamos viviendo, pero no hubieran hecho más que alargar el proceso unos cuantos años más.

Por eso, es la hora de la templanza, la hora de analizar y la hora de la autocrítica, pero nunca la hora del desánimo, la hora de la revancha. En el Gobierno o en la Oposición los nacionalistas vascos tendremos que demostrar que somos el alma de este país, por la sencilla razón de que somos los únicos que creemos en este país.

No es hora de oposiciones feroces, no es hora de descalificaciones entre nosotros, es hora de seguir trabajando día a día por la mejora de Euskadi, este su gobierno en nuestras manos o no, es hora de demostrar a los vascos que durante estos años han tenido razón al depositar su confianza en los jeltzales y que dentro de cuatro la tendrán más todavía.

No se si de esta situación saldrá un gobierno transversal, un gobierno jeltzale o un gobierno españolista, pero nuestra obligación, dentro o fuera de Ajuriaenea, es seguir trabajando por este país y por su libertad, por su autogobierno y por recuperar el sitio que nos corresponde en el mapa de las naciones.

Y para ello no bastará con nuestro trabajo institucional, algo a lo que ya estábamos demasiado acostumbrados, tendremos que reconstruir nuestro proyecto batzoki a batzoki… alkartetxe a alkartetxe… nabaigune a nabaigune. No es hora de facturas ni de fracturas, es hora de unidad, de reconocer lo que nos une y de minimizar nuestras diferencias. Es hora de reconstruir el espacio jeltzale desde el acuerdo entre diferentes y desde el respeto a todas las opciones.

Es hora, también, de ponernos el mono de trabajo, de dejar de mirar para otro lado cuando no de reírles las gracias a quienes representan lo peor de este país, a quienes en pleno siglo XXI mantienen activo el ultimo resquicio de violencia terrorista en Europa. A estos también hay que ponerlos a trabajar. Este país se podrá construir desde una óptica jeltzale o desde una óptica de la IA pero jamás desde la imposición ni desde la violencia, y en este sentido creo que la aportación de Aralar va a resultar un elemento decisivo.

Y en ese camino de construcción tampoco nos podremos olvidar de los otros vascos, ni de los que desde un sentimiento español son tan vascos como nosotros, ni de esa parte fundamental de Euskadi que es Navarra.

Ander Muruzabal

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